Por Dr. Eder Hernández Angelino
Halloween llega y, de pronto, muchas familias tienen en casa una bolsa llena de chocolates, gomitas, caramelos y paletas. La pregunta aparece rápido: ¿se los quitamos o los dejamos comerlos?
En esta colaboración, el Dr. Eder Hernández Angelino propone partir de una idea sencilla: una noche de dulces no arruina la salud de un niño. El reto está en evitar que el exceso de azúcar se vuelva una costumbre cotidiana. El contexto y la frecuencia importan más que una celebración aislada.
Una opción práctica es procurar que niñas y niños no salgan a pedir dulces con el estómago vacío. Una comida habitual antes de salir, con proteína, fibra y algún carbohidrato, puede ayudar a que no lleguen a la fiesta con hambre voraz.
Durante la celebración, no es necesario convertir cada dulce en una negociación. Se les puede permitir elegir los que de verdad quieran disfrutar y acompañarlos a comerlos con moderación. Tampoco hace falta tirar toda la bolsa al regresar a casa: se pueden guardar algunos dulces y establecer momentos razonables para consumirlos en los días siguientes, mientras se mantiene la alimentación habitual.
La salud dental también merece atención. Además de la cantidad de azúcar, importa la frecuencia con la que los dientes están expuestos a ella. Por eso, concentrar los dulces en momentos definidos y mantener el cepillado con pasta dental con flúor sigue siendo importante.
Más allá de contar caramelos, la invitación es cuidar la relación que construimos con la comida. Cuando los dulces se presentan como algo prohibido, secreto o usado como premio, pueden adquirir un peso mayor. Enseñar a disfrutar un alimento ocasional sin culpa, pero también sin exceso, es una habilidad que puede acompañarles toda la vida.
Halloween no tiene que ser una batalla. Puede ser una oportunidad para disfrutar la tradición en familia y conversar sobre decisiones cotidianas de una manera más tranquila.